GRUESO CONFLICTO CAMPERO
PERSONAJES:
Don Tomas Casas Dueño de casa Mauricio-hijo
Javier -hijo
Doña Maria Esposa de Don Tomas
Teodoro Hermano de Don Tomas Lucero -hija
Elvirita La almacenera Estrella-hija
Teresa La Esposa de Teodoro
La vida de campo tiene sus propios códigos y vericuetos, en la superficie es una vida de trabajo y sacrificio, pero por debajo, las pasiones de la condición humana son similares en todos los estamentos.
No bien entrando al pueblo, cerca del almacén de Elvirita, sobre un añoso roble –vaya uno a saber desde cuantas generaciones- testigo de las andanzas de sus gentes rezaba:
17 de mayo de 1932 y en medio de un labrado corazón -Mauricio ama a Estrella- y sellado por un “para toda la vida”
Esas reflexiones de la talla de una madera, que resultan a la postre referentes de tantas páginas de vida corresponden a como sea de agitada la vida del lugar.
Por eso a veces una inscripción tallada no quiera decir más que eso. Un gran amor de dos jóvenes.
Pero para dilucidarlo hay que conocer el carácter de la gente: Don Tomas era un estanciero de la zona de Chivilcoy, fuerte, aguerrido, y como el mayor de los hermanos administra y dirige el emprendimiento, que como todo lo rural sabe de épocas buenas y malas, ahora hace 5 años que todo viene en orden.
Casado con Doña Maria, mujer de buena familia, de una zona aledaña, por lo que las familias, que se conocían, acordaron unir sus destinos.
Doña Maria dio a luz dos varones: Mauricio y Javier.
En las cercanías el tradicional almacén “La Elvira”, que atendía desde la muerte de sus padres la donosa muchacha Elvirita, que tenía inquietos y desvanecidos a mas de uno, de allí, de las adyacencias y de otros pagos más lejanos. Ella era toda sonrisas para Don Tomas, que era mas culto y de modales mas finos entre los lugareños. Iniciándose al compás de las bordonas una relación, cuando el estanciero visitaba de nochecita el pueblo “para tomar una copita”, y jugar unos “naipes”...naipe va... naipe viene...
Teodoro el hermano de Don Tomas era su mano derecha, sin saber él cuanto lo era...
Claro, lo secundaba en todas sus tareas, y cuando don Tomas salía “de fajina” – al almacén, por las noches- Teodoro a su vez, al principio inocentemente, salía al sereno a platicar sus cuitas con la inmensidad de la noche, y una de esas veladas apareció Doña Maria –nostálgica y con penas de amores anhelante, seguramente necesitaba a Don Tomas, que entretanto hacia piruetas en el almacén. Para colmo Teodoro y Teresa –su esposa- no se entendian mientras Lucero –la hija- sufría las pullas paternas.
Quizás por eso, o por despecho Doña Maria y Teodoro intimaron en sus necesidades vivénciales, que hacían eclosión y no sabemos exactamente desde cuando.
Los chicos crecían, al principio nadie barrunto ninguna anomalía extra ni nada que moviera a la atención y las parejas se fueron consolidando:
Mauricio – Estrella
Javier - Lucero.
Nunca falta un comedido que ve debajo del agua, es decir avizora rarezas, no se sabe de donde las saca el imaginario colectivo campero – en rigor de verdad no hay mucho que hacer-y le dan a la sin hueso, que da calambre, pero... remedando el tema de la brujas y esas cosas: “que las hay...las hay”.
Y decían los vecinos: “vemos a Mauricito que es mas al carácter de Teodoro... que al de Don Tomas”.
Saltó otro: “ y bueno, los hijos se parecen a los hermanos de los padres”.¡Que embromar!. Y vaya si habían “embromado”.
Pero las cosas seguían aquel rumbo impensado, indeseado, y a Don Tomas la procesión se le colaba hasta lo tuétanos, no había mucha lana para hilar, y lo peor es que no lo podía permitir –que Mauricito (su primogénito) y Estrella (su hija también), consumaran la iniquidad que afloraba de sus desaguisados aventureros, habida cuenta de que para él eran hermanos.
No lo sabían, nadie lo sabía, creían, pero era demasiado tarde. Cuando Mauricio y Estrella advirtieron nubarrones muy negros en su horizonte, propicios a una tormenta donde todo empezaba a ir mal, sin saber a ciencia cierta ¿que era?, y “por si las moscas”, juntaron sus petates y pusieron los pies en polvorosa camino de una felicidad, que necesitaban asir, y huyeron juntos, sin dejar huellas.
Entretanto Javier y Lucero estaban noviando y claro, para ellos, no se supo de impedimento alguno.
Pasaron los años, las dudas de don Tomas lo abrumaban, iba envejeciendo raudamente, a velocidad del sonido, algo fallaba en su corazón, ahora castigado, era como si las luces de su escenario, pleno de todos los triunfos, apagaba sus marquesinas, y una noche mientras dormía en medio de sus repro- ches interiores, dejo el mundo terrenal.
Cuando un hombre muere, lo que queda de él son sus obras, de don Tomas no quedó mucho, un piadoso manto de olvido cubrió su memoria.
Así quedo el orbe de Teodoro en el que paso a reinar, como heredero absoluto: la estancia, Doña Maria todos los hijos de él y de Don Tomas y hasta la afamada Elvirita, ya en el ocaso, ¿que tal? de una pasividad que los invadía a todos haciendo de la acción sexual un especimen sumamente trivial y costumbrista.
A veces discurro que no hace falta mucho para descubrir en lo narrado un film americano como “La Caldera Del Diablo”, sin su opulencia, claro, aquí seria –salvando las distancias- “La Caldera de La Pacha Mama”.
Entonces, entretanto pasaba el tiempo, un día Mauricio bajó al pueblo, saludó a su madre, y cuando a cabo de la visita tuvo un cara a cara con Teodoro –que se imponía- porque ahora él “se salía de la vaina” ese darle a entender a Mauricio que el autor de sus días era él y no Don Tomas. Así lo esbozó.
En otras circunstancias quizás Mauricio la hubiera emprendido a golpes con el tío ahora padre y confidente, pero no, la circunstancia ameritaba mesura, y sintió un alivio: ergo no había incesto. Podía continuar su existencia feliz con Estrella.
Antes de irse pasó junto al roble, besando la inscripción de otrora, musitando le dijo: “cuantas reflexiones, y siempre tuviste razón”.
Jfa-23-09-2008.-
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