martes, 17 de febrero de 2009

¡VUELA...VUELA HIJO M IO!

¡VUELA... VUELA HIJO MIO!

“LLEGAVAN PAREJAS, GRUPOS DE TRES
O CUATRO SEÑORITAS, VENIDAS CON LO
QUE VILLA CRESPO O EL PARQUE LEZAMA,
ESTIMAN ELEGANTE.”

jfa- 10-05-07

Hurgando fácilmente en los recuerdos, siempre a flor de piel, aunque los estimemos olvidados, surgen –entre otros- aquellos románticos parques y plazas tradicionales del Buenos Aires de siempre.

No podemos pasear por todos ellos, solo podríamos nombrarlos, a despecho de ello tomemos tres: A) Parque Centenario, B) Parque Lezama, y C) trasgresor (los viejos terrenos del Ferrocarril Central Argentino en Colegiales, hoy urbanizados en la modernidad).

A) ¡Aquel Parque Centenario¡ del 40, con canchas de fútbol que lo orillaban, donde los domingos, sobre las 10 de la mañana había campeonatos comerciales: La Cabaña, Estudiantes.....y otros donde veías poner pierna franca y a los arqueros volar de palo a palo, sobre piso de tierra....imperdibles, una postal que ilumina los ojos absortos....
.
Y por las tardecitas-anocheciendo, los faroles difusos, y las parejitas, a buscar un banco, de los menos alumbrados, para acomodarte con tu piba y saborear esos besos inexpertos, verdaderos, despuntando pasiones que se harían indelebles. Marcando a fuego un corazón que palpitaba para estallar.

B) El Parque Lezama, era otra cosa, cada uno tiene lo suyo, que lo diferencia de los otros, este poseía desniveles, era de extensión respetable, y particularmente el hermano de mi Madre –el Tío Roberto- tenía voluntad para venir a buscarnos, y llevarnos a disfrutarlo con mi hermano, viajando en el tranvía 12.

Luego al regreso se quedaba a almorzar, comía a 4 carrillos, bebía cerveza en cantidades industriales, era extremadamente delgado, y aducía para justificar sus ingestas desproporcionadas, que le permitían dar cuenta de “manteles y platos”, por que “tenia un metabolismo excelente”

En tanto hace a las señoritas de a 3 o de a 4, mostrando sutilmente sus encantos, o las parejas y sus arrumacos en las plazas soleadas, ya no se las ve, han cambiado la rutina, por otros ámbitos y horarios, solo queda, excepcionalmente, a sus efectos, el tradicional Rosedal o los Lagos de Palermo.

C) Muchos años viví en el barrio de Colegiales, a partir de 1942, y
travieso, como cualquier hijo de vecino, con mis amigos: Esperanza, Bartrons, Smoll y Trevisan íbamos hasta esas playas desnudas del ferrocarril en Jorge Newbery y Matienzo para jugar a la pelota, cuando nos saturábamos, la emprendíamos, irresponsables, a “las guerrillas con piedras”.........pero un día ni jugamos al fútbol, ni tiramos piedras.

Llegamos y nos topamos con un hombre vestido con overol gris, de pelos y barba entrecanos (el padre, robusto), con un niño (el hijo) de unos 12/14 años que apenas le llegaba a la cintura.

No solo eso fue lo que nos llamo la atención:

El niño lucia adosadas a sus brazos alas blancas –como las de un ave- y en sus talones desnudos espolones como, los de un águila.
Entre ellos se daban a entender –como los sordo/mudos- con signos y señales físicas que conocemos como mímica. El Padre era dulcemente severo, como el maestro del que le aflora su gestión docente interior, y era suficiente para ver que entre ellos había no solo comunicación sino entendimiento, claro la una sin la otra son inoperantes.
Había en la superficie física de los terrenos notorios desniveles. El Padre, una vez terminada la instrucción, amarro a la cintura del niño una gruesa soga marinera, de la que había que tirar para lanzarlo al vacío; nosotros todos, éramos 5 y advertimos que nos necesitaban e invitaban al ensayo, nos sentíamos exultantes e inquietos, y pusimos todos nuestros empeños en la acción.
Tiramos y tiramos hasta que el niño cobro una discreta altura, voló unos metros, y naturalmente la fuerza de la gravedad lo hizo estrellarse levemente contra la tierra, magullándose una pierna. ¡Había que ver los ojos de aquel niño!, cuya lengua no emitía sonidos, pero sus ojos gritaban lo que habían vivido, el mundo –parcial- visto desde otra óptica, donde, los golpes no parecen sentirse. El Padre corrió presuroso, su índice decía, repetidamente, ¡No!. Todos entendimos que un Padre, o todos los Padres, quieren que sus hijos vuelen, pero........intelectualmente.
Por antonomasia, recordé al genial Hans Chnristian Andersen (1805-1875) uno de once hijos, de familia muy pobre –que contó con un protector: Jonas Collin Director del Teatro Real de Copenhague, más su infancia y pubertad fueron muy duras, sufría mucho porque, en su lugar castigaban a su mejor amigo –Tuk- que también lo ayudo a volar asiéndolo a una cruz de madera y con otra bandada de chicos, y sus fuerzas lo hizo volar brevemente, para darse contra la verdad de un piso duro y casi luxarse un brazo.
“Vuela.......Vuela........ hijo, pero ya sabes, no somos aves ni naves aéreas, antes procúrate el brevet pertinente”

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