jueves, 12 de febrero de 2009

SOY YO, SOMOS NOSOTROS ( III)

Agosto 25 sábado

Armamos la escena. Apoye suavemente mi nao en su pecho, y al mirarla directamente a los ojos, sentí compasión. Casi diría que me invitaba a entrar en ella. Entonces con una de las manos conque apretujaba su roba, descubrió su pecho. Entendí, que ya nadie podía hacerle daño porque no había nada que desear encubrir ni defender, era la dueña de su cuerpo y de sus decisiones.

Quedé absorto en aquél ímpetu que arrebató su espíritu, en realidad, permanezco a las puertas de la mente.

Septiembre 13 jueves

No ganamos el concurso, (¡que importa!) pero estoy feliz porqué una profunda confianza creció entre Romi y yo. Sentimos placer de estar juntos, de brindarnos atención y contención. (Llevo siempre en la mochila su cajita de origami- papiroflexia- que me regaló en mi cumpleaños, y cuando quiero que me escriba guardo allí una notita donde se lo pido, y listo, me escribe).


Septiembre 15 sábado

Hoy me dijo que había leído en un diario, un título que decía: “zona de exclusión”, y que quería que nosotros tuviéramos una. Le pedí que me explicara y me dijo que consistía en que cuando uno quisiera crear una zona de intimidad debía decir ¡zona de exclusión! Y girar su mano alrededor nuestro, y así quedaba establecida una barrera de hermética confidencialidad. Claro que tiene sus variantes, dependiendo de la importancia del asunto a tratar dentro de la zona, puede cerrarse mas de un circulo, lo que la hace más nuestra, segura. No le pregunté de donde lo saco, en todo caso yo estoy encantado con la idea.

Septiembre 22 sábado

Esto de la zona es una costumbre, y tengo que reconocer que el mundo desaparece para nosotros cuando se la construye.

Septiembre 30 domingo

Hoy, después de estar largo rato compartiendo nuestros territorios (no hay aduanas entre nosotros) cantó ¡Zona de exclusión!, Juro que se hizo un silencio más allá de nosotros cuando giró dos veces su mano. Se acercó a mi oído y musitando me contó una idea que estuvo madurando.

Octubre 01 lunes

Alquilé la sala de ensayo.

Octubre 02 martes

No eran las tres de la tarde (alquile de tres a cinco) y ya estábamos preparando la escena que se le ocurrió que grabáramos. Trajo un vestido de su abuela que, puesto, le daba un aire de libertad a tal punto que no parecía ceñirlo. Se la veía excitada por lo que evitaba mirarla, no quería que nuestros guiños cómplices la desencantaran.


Elegimos la pared que estaba cubierta con un cortinado negro para tapar el espejo y ubicarnos de espaldas al mismo, una silla, una mesa y sobre ella una jarra de agua y margaritas, y un marcador blanco.

Se sentó frente a la mesa y apoyo allí el álbum de fotos de su madre (yo me puse con la cámara parado detrás de ella) y a la voz de “acción” comenzó a recorrerlo. (Empecé lentamente a girar la cámara describiendo una elipsis por su derecha). Al llegar a las páginas que estaban vacías, tomo el marcador y sobre las cartulinas negras dibujó el contorno de fotos imaginarias.

Al completar el giro y ubicarme frente a la mesa a una distancia de dos metros todavía la tenía en un plano corto, mientras me deslizaba suavemente hacía atrás ampliándolo paulatinamente, cuando se levantó, apoyo el álbum en la silla, arrancó las margaritas de la jarra, en un gesto de fuerte decisión y, dejándolas caer, tomó la jarra y derramó el agua en la mesa. Dejó la jarra sobre el álbum y se acostó de espaldas sobre la mesa. Al contacto con el agua se estremeció, pero permitió que su cuerpo descansara. Mientras yo continuaba retrocediendo, sentí que se entregaba y hasta se me ocurrió pensar qu ya formaba parte del entramado de sentimientos y emoción que podía palparse en la sala. Comencé a bajar la cámara para tomar el papel que estaba en el suelo y que cerraba el cuadro, cuando veo que el agua venia serpenteando hacía el papel con los créditos, por lo que apenas tuve un instante para fijar la imagen antes que el agua se precipitara sobre él y lo borroneara.

Al ver como se parecían todas las menciones sentí como si una conciencia distinta de realidad me reclamaba. Apoyé la cámara.

Grité ¡Romi! Y la miré extasiado. Giró sobre si misma y creí que me hundía, me absorbía el vértigo del am or que ahora iluminaba su cara.

Era como si nuestras individualidades ya no existieran más. Lo que éramos ya no estábamos allí. Se habían vuelto invisibles e incomprensibles para los sentidos.

Corrió hacía mi y me abrazó con tanta fuerza que casi me levanta. Su ímpetu no era solamente espiritual.

(Creo que si se tratara de una escena teatral, le pediría que se sentara al frente del escenario y descubriera su pecho, mientras yo permanecía en el fondo observando en silencio, eternamente).

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